¿Por qué la inteligencia artificial aún no es Terminator?

La ciencia-ficción introdujo las posibilidades de las máquinas en un futuro no muy lejano. Películas como «Terminator» o «Robocop» hicieron el resto. Mostraron dos caras de la innovación, la de los indudables beneficios (facilitar procesos industriales, agilizar mecanismos, ayudar a las personas) y, por supuesto, los peligros tácitos de la robótica (descontrol, crecimiento del desempleo, esclavitud humana).

Sin embargo, ese debate iniciado desde hace años se encuentra en la actualidad en su punto ágilo. En un vaivén. Y más cuando se dan vueltas a los avances logrados. Si se le dota, por ejemplo, a un exoesqueleto de metal la posibilidad de tomar decisiones como un ser humano, ¿podrá revolucionar de esta manera el paradigma de la ética a través de la inteligencia artificial?

Hace unos años, el científico británico Stephen Hawking levantó la voz para advertir las posibles amenazas que podían representar la robótica, sobre todo cuando se le integra un sistema de inteligencia artificial: «Los robots son una amenaza para la humanidad. Los seres humanos que están limitados por la evolución biológica lenta, no podrían competir por la inteligencia artificial, y serían superados por ella», declaraba. Con el tiempo, otros conocidos miembros de empresas de tecnología y científicos se han sumado a la lucha por una regulación y un control que establezca los patrones éticos de una inteligencia artificial, ahora en fase de aprendizaje y desarrollo, para evitar que los efectos sean perniciosos en la sociedad.

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«Los robots son una amenaza para la humanidad. Los seres humanos que están limitados por la evolución biológica lenta no podrían competir por laInteligencia Artificial»

                                                                                     

Las opiniones generadas entorno a esta área han llegado a la formación de manifiestos y grupos contrarios a su desarrollo sin control, mientras que otros acreditan que ciertas posturas están fundamentadas simple y llanamente en el terror a lo desconocido. Este verano saltó la voz de alarma cuando Facebook tuvo que desactivar un experimento de inteligencia artificial porque dos «bots» programados para aprender a negociar habían llegado a la conclusión de que era más fácil regatear con un idioma más simple extraído del inglés; es decir, inventaron su propio lenguaje inentendible para el ser humano.

Enrique Domínguez, director estratégico de InnoTec, sostiene en declaraciones a ABC que en este tipo de experimentos como el de Facebook acaba en desenlaces imprevisibles como parte de lo que supone la propia investigación. Por lo que se debe matizar en el caso de estos dos bots que «no pensábamos que iban a reaccionar así», en lugar de «que no estaban programados para ello». A su juicio, «no se apagó porque se hubiera sucumbido al pánico, sino que ya se había cumplido el objetivo del experimento». Sin embargo, ambas inteligencias no habían sido programadas para que negociasen en un idioma entendible, porque al fin y al cabo las máquinas siguen sus normas establecidas en el código.

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«Es primordial que la inteligencia artificial «nunca supere la inteligencia de un ser humano, por algo muy sencillo, porque en el momento en que lo supere no tendremos capacidad para controlarlo»

 

Aún existen muchos flecos por resolver. Sobre todo, en materia legal y jurídica. ¿Por qué resultan tan difícil establecer un consenso internacional para el desarrollo de la inteligencia artificial? Esta cuestión es a menudo respondida por los ejemplos de comportamientos de los vehículos sin conductor: «un coche autónomo qué haría si tiene que decidir entre matar a sus ocupantes o cinco personas en un paso de peatones», expone Domínguez. Dentro de esa cuestión ética también trae consigo el componente de la cultura, que tampoco es universal.

En las distintas vertientes de la inteligencia artificial se han obtenido en ciertas áreas un nivel de especialización mucho mayor, por lo que Sánchez cree que «si esto lo combinamos con máquinas con autonomía de tomar ciertas decisiones estratégicas y operar en dispositivos que en este caso sí que podrían ser armas, pues puede suponer un riesgo». Ajeno a ese mundo apocalíptico de máquinas superiores, apunta a que hay que centrar los esfuerzos en controles de calidad.

Se habla mucho de inteligencia artificial, pero a qué nos referimos. Estos avances buscan, en primer lugar, simular comportamientos de los seres humanos que podemos interpretar como inteligentes, pero son los que toman decisiones de cierto calibre los que están en el foco de atención. IBM, por ejemplo, es una de las compañías más punteras en lo referente a lo que llaman sistemas cognitivos. Su software Watson se utiliza en algunas empresas para sus sistemas y se están empleando en casos reales como el diagnóstico de enfermedades. Cada software es distinto dependiendo del objetivo predispuesto al igual que la base de datos con la que está conectada, porque al fin y al cabo es una herramienta que lee muchos datos que una persona no podría abarcar, pero que despiertan dudas.

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Enrique Domínguez explica así que «estos sistemas expertos a mí me preocupan desde el punto de vista de ciberseguridad, porque qué pasaría si alguien consigue atacarlos y modificar su comportamiento -bien sea alimentándolos de datos maliciosos para que cambian su manera de comportarse o de alguna manera transmutándolos para que de alguna manera cambien sus decisiones- ahí podríamos estar hablando de muertes de personas o incluso de colapsos de compañías a nivel económico».

Asimismo, Sánchez señala que «si estás hablando de diagnósticos clínicos estás hablando de protección de datos. «Parece una contradicción, pero algunas de las aplicaciones más interesantes y más complejas, algunas ya eran capaces de hacer diagnósticos hace años, de cómo iba a evolucionar una enfermedad y con tasas de aciertos muy altas», recalca.

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